lunes, 26 de diciembre de 2011

Bastidores

Ese día, el mundo era totalmente blanco. No se trataba solo de las nubes; algo invisible se había ido adhiriendo a las partículas y había terminado calándose en todos lados sin que nadie se diera realmente cuenta. Se veía blanco, se respiraba blanco, se tocaba blanco, y algunas personas entraron en un sopor que seguramente los estudiosos también describirían como blanco.
Sin embargo, el color aún se resistía en algunas partes, y ella, a falta de algo mejor que hacer con su tarde, tomó la paleta de acuarelas de veinticuatro colores, rescató su pincel favorito del montón, y salió a la calle a pintar el cuadro que siempre quiso ver desde su ventana. Cuando cerró la puerta de su casa y vio lo que ocurría a su alrededor, sonrió.
Era una suerte que a todos los artistas de su barrio les gustara tanto Dalí.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Carta secreta n° 675

Un día te voy a escribir un cuento. No sé si estará bien escrito o tendrá un final feliz, ni siquiera sé si será la clase de cuento que Cortázar hubiera aprobado, pero escribiré un cuento y tu nombre estará escrito al principio, en cursiva. No te avisaré cuándo, así que siempre tendrás que estar pendiente, por si aparece escrito en el confort o en una revista rosada.
Yo solo espero que, el día en que lo leas, logres descifrar mi mensaje en clave, ese mensaje que intento darte hace años sin que tú prestes atención. Porque eres tan de otra parte, niña, tan de adonde yo no puedo ir, y no tienes idea de que voy a escribirte un cuento, ni estarás consciente de que su publicación se deberá a ti, solo a ti. Ni siquiera sabes que existo, y seguramente no descifrarás nunca mi mensaje.
Pero escucha con atención. Yo te voy a escribir un cuento, porque quizás un día abras tus ojos verdes y lo entiendas. Porque no puedo dejar de esperar que tal vez, un día, todo tenga sentido y por fin vengas de allá lejos a quedarte conmigo.

Reclamo

Solíamos hablar horas y horas. Los silencios incómodos no tenían mucho que ver con nosotras, porque de  alguna manera siempre había algo que decir, y los escasos silencios podían llenarse perfectamente con cosas que no resultaban nada incómodas. No sé cómo, pero siempre fue fácil estar junto a ti; incluso cuando aún no te conocía mucho, prefería estar a tu lado y sonreírte a inventar una conversación con los demás.

El tiempo mata muchas cosas, y en nuestro caso, ya sabemos lo que mató. Así es la vida, ni siquiera nos da mucho derecho a quejarnos.
Ahora, nuestra conversación apenas dura unos cinco minutos de hostilidad.

Apenas.

martes, 13 de diciembre de 2011

Gabriel siempre quiso ser un astronauta interespacial. En cambio, acabó trabajando en una panadería de lunes a domingo, y en sus ratos libres, también era mago.
Un día, algo salió muy mal. El truco se le fue de las manos, y desapareció del escenario, dejando atónitos a todos los espectadores. Nadie supo qué pasó. Nadie supo qué fue de él. Nunca volvió. Pero el día en que el hombre viajó a la luna por primera vez, algunos creyeron ver en la televisión a un señor muy parecido a Gabriel saludando desde un rincón.

Silencio

Encendemos las luces. Nos cepillamos los dientes. Nos ponemos pijama. Leemos al menos durante una hora, cada uno sumido en su propio libro. Apagamos las luces.
Dices "buenas noches".
Cierro los ojos. Es el único momento del día en el que escucho tu voz.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Bláh

Cuando él abandonó su hogar, le prendió fuego.
Lo hizo porque estaba harto de todo, desde el jardín hasta su esposa, pero sobre todo lo hizo porque no pudo soportar la perspectiva de que él se estuviera marchando y no le importara a nadie.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Bernouille

Dicen que nada se pierde, que todo se transforma.
Yo te quería tanto... Debe ser por eso que ahora te odio de forma tan insana.

Blah

Se miró las manos temblorosas y blancas por varios minutos, respirando muy fuerte y muy hondo cada vez. Al final, ya con decisión, tomó el encendedor y lo abrió con un click. Lo vio caer al suelo como si pasara en cámara lenta.
De repente, todo era rojo.

Decidió ignorar que no le iba a quedar nada más en el mundo. Ignoró las fotografías en las paredes que deberían haberlo detenido. Simplemente tomó su chaqueta, un libro, y se marchó.


jueves, 8 de diciembre de 2011

Julia

Mi mamá siempre quiso ser actriz de cine, pero en cambio no consiguió ser más que una actriz callejera.
El lado bueno, dice ella, es que así puede dedicarse a su trabajo a tiempo completo, porque no es de las que ensaya meses, se para en medio de la calle un buen día para presentar su obra y después se va de vacaciones; lo suyo es algo más constante, algo de todos los días y sin disfraces, y por lo mismo, yo pienso que requiere mucho más sacrificio.
Es perfectamente capaz de largarse un llanto de aquellos y seguir pelando papas como si solo hubiera estornudado. A veces me da unos discursos que no puedo creer que se haya inventado, absolutamente convincentes, pero cuando termina hay un sutil cambio en su expresión o en su voz y me habla de algo del todo distinto. Con el tiempo me acostumbré, pero es inevitable vivir en un estado de confusión e incredulidad permanentes si algo así ocurre con tanta frecuencia.
El problema principal, es que mi mamá nunca se ha tomado vacaciones. Si existe alguien más debajo de la capa eterna de teatralidad, a mí nadie me la ha presentado, y tras tantos años de lo mismo, se empieza a formar algo en el pecho como rencor, algo pegajoso que se va acumulando día tras día y deja un gusto muy ácido en la boca.
A papá le pasaba exactamente lo mismo. No hablábamos mucho, era mi mamá la que usaba las palabras hasta el cansancio y nosotros nunca nos sentimos capaces de irrumpir en ese territorio del que se había apropiado. A pesar de eso, papá y yo siempre nos hemos entendido a la perfección, con apenas un par de gestos o un asentimiento.
Lo del asesinato fue para su cumpleaños. No fue premeditado, surgió más bien como un impulso, como si aquel día hubiera rebasado el límite de lo que nosotros podíamos aguantar. Yo miré a mi papá, y los dos ya sabíamos qué hacer.
Si quiere que sea honesto, me parece una verdadera lástima que no haya resultado. Supongo que mi mamá, de tanto ser la heroína de la historia, se ganó también la inmortalidad típica de los protagonistas. Esa es solo una teoría; siempre preferí evitar lo que se relacionara con la literatura y el teatro, así que no tiene que creerme. Nosotros solo intentábamos acabar con la representación infinita, no tenemos más culpa que alguien que abandona su palco del teatro a mitad de la función.
Ay, oficial, no me ponga esa cara. Estoy muy seguro de que, de haber estado usted en nuestro lugar, habría hecho exactamente lo mismo.

martes, 6 de diciembre de 2011

Lo recordaba perfectamente. Tenía cinco años. Ese día se celebraba Navidad, su fecha favorita en el mundo. Cada año, cuando daban las doce, ella tenía permiso para rasgar los papeles coloridos y atesorar entre sus brazos los numerosos regalos que recibía, en un éxtasis de felicidad. Su madre solía preparar una cena especial, y su padre tomaba la guitarra y cantaba hasta que se dormía acurrucada en el sillón. A veces también estaba el abuelo, o algunos tíos, pero los que realmente le importaban a Marissa eran sus padres.
A su corta edad, ya sospechaba que la verdadera clave de aquel día no era el montoncito que gritaba su nombre bajo el árbol adornado, si no algo mucho más simple y esencial, algo que tenía que ver con las miradas cariñosas y la voz grave que la hacía dormir.

Ese día, habían salido temprano. Le tenían una sorpresa, dijeron. Una muy especial. Ella solo tenía que tener paciencia, no tardarían demasiado.
Con ansiedad, se alisó el vestido y se sentó en el columpio del jardín, mirando hacia la calle.
Esperó, columpiándose suavemente. Pasaron los minutos, las horas, y el sol se escondió. Desde las casas vecinas ya se oían las conversaciones y risas típicas de las familias reunidas. Pasaron más horas. No quiso entrar a su casa ni siquiera cuando dieron las doce. Pasaron días, semanas, meses, años... Los padres de Marissa nunca llegaron.
Ella los esperó todo ese tiempo. Lo recordaba perfectamente, porque incluso ahora, cuando caminaba por la calle fría, pensaba que tal vez, algún día...

Teoría del Flujo

Mi profesor de cardio dice que el amor es un flujo. Como todos los flujos, para existir necesita de una fuerza motriz y una conductancia.
Por eso Romeo y Julieta no sobrevivieron: tenían la fuerza motriz, pero la conductancia se fue a cero y su amor también.

Yo creo que lo nuestro fue compartido. A ti te costaba la conductancia, eras casi pura resistencia; a mí se me murió la fuerza motriz. Y aquí estamos, con el flujo haciéndose tan, tan bajo, que si no fuera porque no puede ser menor a cero, iríamos por el infinito negativo.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Coincidencia

-Tenemos que hablar.
La gotera del techo que nadie había arreglado fue el único sonido audible. Carlos sintió la garganta seca, la lengua pegada al paladar. Esta vez no importaba cuánto trotara, cuánta música a todo volumen escuchara, cuánto bailara; las cosas ya no iban a ser felices. Pero la verdad es que no lo eran hace mucho tiempo.
Se miraron. El café frío seguía sobre la mesa, el montón de ropa sucia seguía sobre el sillón. Y lo peor, el rencor y el hastío de esos cinco meses juntos seguían atrapados en su pecho.
El rostro de Marcos se arrugó en una expresión que definitivamente significaba culpa.
-Perdóname, Carlos. Voy a vender la wii. Necesitamos el dinero. Sé que te encanta, pero...
-Me acosté con Francisco. En nuestra cama, más de una vez. Me acosté con Francisco.
Silencio. La gotera de nuevo. Alguien prendió una aspiradora en el piso de arriba.
-Y yo que pensaba que ya no teníamos nada en común.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Como en las películas

Se conocieron en el teatro. Semana tras semana una jugaba a no ser ella en el escenario, y la otra interpretaba el rol de la atenta espectadora. Se miraban a veces, como sin querer, un brillo en los ojos que podía deberse a la emoción del drama, una sonrisa que podía ser perfectamente parte del personaje, y siempre en medio la línea invisible que las separaba.
A pesar de eso, para ellas se convirtió en una rutina secreta. La mayoría de las veces Cristina se sentaba en la segunda fila, justo al centro, y Daniela se las arreglaba para recitarle palabras de amor sin que nadie más se diera cuenta. Cuando Cristina se retrasaba, Daniela no podía dejar de buscarla entre la multitud, con una ansiedad mal disimulada.
Un día, no se presentó. Cristina fue incapaz de prestar atención a la trama de la obra, conteniendo el aliento cada vez que la escena cambiaba con la entrada o salida de algún personaje, o algún espectador se aclaraba la garganta o se movía más de lo común. Quizás hubiera enfermado, quizás estuviera allí, en primera fila o tras bambalinas.
No podía haber desaparecido, no así, se dijo cuando al fin abandonó el teatro, varios minutos después de que el último espectador dejó el lugar. Caminó un par de metros por la acera vacía, absolutamente absorta en sus especulaciones, hasta que algo la detuvo.
-Pensé que hoy no habías venido -oyó a su espalda. Aquella voz suave y elegante, que modulaba las palabras a la perfección, era imposible de olvidar. Y efectivamente, su dueña estaba allí, apoyada en el muro, tan cerca que habría podido tocarla-. Pero no podía marcharme sin estar segura...
-No estabas en el escenario -reclamó Cristina cuando al fin consiguió salir de su estupor. Le sorprendía lo fácil que resultaba hablarle por sobre la línea invisible, a esa mujer a la que en realidad no conocía y con quien no había intercambiado más que miradas. Por fin las dos actuaban en el mismo escenario, para el mismo público, a un mismo tiempo-. Te esperé, te busqué, y no estabas.
-Lo siento. Necesitaba la noche para hacer algo importante.
-Ah, sí?- inquirió, con una vaga sensación de vértigo. ¿Y si todo era un malentendido? ¿Y si solo habían sido ensoñaciones? Se aclaró la garganta, tratando de conservar la calma-. ¿Y qué era eso?
Daniela sonrió, leyendo la incertidumbre en las facciones de la chica.
-Buscarte -dijo, al tiempo que cruzaba la corta distancia que las separaba con un par de pasos. Su sonrisa se hizo más brillante, y se acercó un poco más-. Y si me dejas, besarte... 

viernes, 25 de noviembre de 2011

Empezó como unas cuantas gotas invisibles, pero con los días, sin que nos diéramos cuenta, el agua fue avanzando, ganando su terreno centímetro a centímetro.
Cuando se hizo obvio, el daño ya estaba hecho. Agua que venía de ninguna parte, entre las plantas, y hasta en la aspiradora. Agua en las cerámicas, en los espacios, en todos los rincones. Y lo peor es que lo había planeado todo tan bien, que no pudimos rastrearla para evitar que viniera el resto.
Lo que no sabíamos, es que esa no era más que una maniobra de distracción. Fue un ensayo, una prueba, y un descanso, pero el ataque no era en contra de nosotros.
Mis vecinos fueron las verdaderas víctimas. Nadie podría haberles advertido lo que iba a suceder esa mañana, cuando se levantaran a la hora de siempre y se encontraron con medio departamento bajo el agua. Los peluches, los libros y las revistas flotaban inertes, mientras ese líquido transparente lo barría todo a su paso, ya sin disimulo, ni respeto alguno, concretando por fin su venganza.
Nunca pudimos entender muy bien qué sucedió, pero no nos sorprendimos cuando, una semana después, el departamento apareció absolutamente vacío. Se fueron el agua, los vecinos y hasta los colores.
En realidad, nosotros nos alegramos. Tenían los peores gustos musicales y hacían demasiadas reuniones familiares.
Así que nos declaramos pro-agua y desde entonces somos unos comprometidos ambientalistas.

martes, 22 de noviembre de 2011

Dr. House

Decían que tenía alas de mariposa.
Pero esta vez, para su sorpresa, sí fue lupus.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Cinco

Fueron cinco minutos, ni un segundo más que eso.
Pero sé que fuimos los mejores amigos durante ese tiempo.

Ready to start

Llevaba horas sentada en los últimos peldaños de la escalera, con los ojos insomnes anclados a la puerta y un ramo de flores azules en el regazo. Los rayos del sol matutino se filtraban por la cortina que ella aún no abría, porque tal vez si no se movía, si no cambiaba nada a su alrededor, el tiempo dejaría de avanzar hacia el final inminente, que ahora se precipitaba en forma de mujer llevando una maleta roja por la escalera. Hacia ella, avanzaba hacia ella. Pero lo hacía solo para alejarse de una sola vez y para siempre.

Por un segundo sus miradas se encontraron. Había algo entre disculpa y desafío en sus ojos verdes, y pensó que en los suyos debía haber algo que se parecía demasiado a la resignación.

-¿Te acuerdas? -preguntó finalmente, en un susurro, señalando las flores azules-. Me las encontré anoche. Son... las del principio.
-Me acuerdo.
La mujer dejó la maleta a escasa distancia de la puerta, y tomó una chaqueta.
-Claro que me acuerdo -repitió, dando unos pasos hacia ella, que seguía sentada en los peldaños, incapaz de ponerse de pie. Le acarició la mejilla con la yema de los dedos, un gesto dulce y triste al mismo tiempo, y sonrió con algo de amargura -. Lo siento, sabes que es así. Pero tratamos y...
-Lo sé.
Se miraron en silencio una vez más.

¿Cuándo habían dejado de amarse? Se habían prometido amor eterno una y mil veces, habían inventado castillos y dragones juntas, pero ahí estaban ahora, mirándose la una a la otra sin saber muy bien qué decir. ¿En qué momento todo se había convertido en una miserable costumbre?
-Voy a estar un poco perdida sin ti, ¿sabes?
La mujer se agachó frente a ella, hasta quedar a su altura.
-Sé lo que estás pensando. Estás pensando en todo lo que creímos y creamos, en cómo ahora no hay nada... Fuimos buenas, bonita. Esto fue real. Pero al final resultó que estábamos equivocadas, y el amor no nos duró para siempre. Si me quedara, solo nos haría sufrir a las dos... y no puedo hacernos eso. No puedo hacerte eso.
Suspiró, y ambas se pusieron de pie. La del ramo tomó una flor, y se la entregó.
-Para que no dejes de acordarte, hagas lo que hagas de tu vida.
-No te preocupes -musitó-, sabes que no olvido.
Y eso sí, era verdad.

La despedida fue sencilla. No hubo lágrimas ni discursos, no hubo tragedia... Fue un final, simplemente.
La mujer tomó su maleta, y tras una última mirada abrió al fin la puerta. Con todo el valor que pudo reunir, dio un paso decisivo hacia el exterior. No podía arrepentirse. No podía pensarlo dos veces... Así que se marchó.

Ella a su vez se quedó contemplando la puerta, reviviendo los últimos minutos, al tiempo que digería su nueva situación. Estiró sus músculos, un tanto acalambrados por las horas sentada en los peldaños, y abrió las cortinas. Lo pensó mejor, y también abrió las ventanas. Ya no había que luchar para detener el tiempo.
La luz llenó todo el lugar.

El día empezaba. Y ella misma, de cierto modo, también estaba empezando en ese instante.


Tal vez

Si me hubieras abrazado tal vez yo no te habría matado.
Pero no lo hiciste y ya nunca sabré cómo hubieran sido las cosas.
No me queda más que enterrarte.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Under our feet

La primera vez que la vio, ni se le ocurrió que pudiera ser el amor de su vida. La segunda vez que la vio, cuando se encontraron por casualidad, pensó que sus ojos eran interesantes. La tercera vez le conversó un poco más, y se dio cuenta de que su sonrisa era más brillante que cualquier otra que hubiera visto. La cuarta vez la invitó a tomar un café, y cuando se emborrachó le cantó una canción de amor.
Después perdió la cuenta.


La última vez que la vio, tenía los ojos cerrados, y no sonreía. Aun así, todo lo que pudo pensar fue que ella era la mujer más hermosa del mundo. La miró en silencio varios minutos, y cuando echaron el primer puñado de tierra, supo que también era el entierro de su propio corazón, que se iba a quedar para siempre anclado ahí, a tres metros bajo tierra.

martes, 15 de noviembre de 2011

Pajaritos

Todo pasó demasiado rápido. La llamada, el carro de paros, el monitor que no funcionaba, la mujer desnuda sobre la camilla, la reanimación. Los minutos se condensaron en la emoción que después se transformó en angustia, en esos relojes doblados por un corazón que no latía, por unos pulmones que no se llenaban, mientras el cronómetro marcaba dos minutos, y otros dos, y otros dos.

Nada pasa como en las películas. La vida es mil veces más terrible, más dolorosa, más caótica. Y quizás por eso es mejor. Porque, al fin y al cabo, esto sí es real.

lunes, 14 de noviembre de 2011

Incertidumbre

Todos los días, cuando te acercas a saludarme, no sé si mirarte o evitarte, si tratar de leer las señales y averiguar la verdad, o ignorarla.
A veces espero que tropieces y te delates, para así no tener que fingir más, no tener que mantener todo tras el disfraz del silencio.
Algunas tardes me quedo de pie en la entrada de tu habitación, tratando de distinguir los rótulos de las cajas, las pistas bajo el desorden y la suciedad. Y entonces deseo con toda mi alma no haberte elegido, haber decidido mejor hace tantos años, cuando tuve la oportunidad.
Pedaleó con fuerza en la curva, casi con rabia, e ignoró completamente las puteadas que un conductor le gritó desde la ventanilla de su auto. Las cosas pasaban frente a sus ojos como una sola masa de colores, las flores naranjas y amarillas, las casas pareadas, los jardines perfectos. Sus piernas ardían, pero seguía pedaleando sin darse un descanso, sin disminuir la velocidad. No había nada, nada, salvo el ardor y algo que se parecía a volar.
Todo se precipitó a ese momento, cuando pasó el bus de las seis. Los frenos se hicieron inalcanzables, los segundos avanzaron demasiado rápido. El impacto fue inevitable.

Abrió los ojos en el hospital, a medias entre la realidad y el sueño nebuloso de los sedantes. Tenía seis costillas rotas, una fractura de tibia derecha, múltiples contusiones, una luxación de tobillo. Yeso, kinesiólogo, dolor. Más dolor.
Sintió la mirada de la mujer que estaba sentada al lado de su cama, y se alegró de que el cuello ortopédico fuera una buena excusa para no devolver la mirada, y poder en cambio, enterrarla en el techo. Sintió una punzada en algún lugar entre el corazón y los pulmones, no supo muy bien si eran las costillas rotas o simplemente la culpa.

Era la tercera vez.
Quizás debía decir algo, disculparse, excusarse con alguna incoherencia, pero sus cuerdas vocales estaban paralizadas, y su lengua parecía estar hecha de arena.
Quizás no había nada que decir.

Necesitaba sentir algo para saber que vivía. Necesitaba el dolor para seguir viviendo. Eso era todo.
Y no había ninguna palabra que pudiera cambiar eso, no había excusas, no había disculpas.

Cerró los ojos. El efecto de los analgésicos estaba pasando. Y sonrió.




sábado, 5 de noviembre de 2011

Fe -qué nombre más terrible- se levantaba todas las mañanas a las siete. Se despertaba unos segundos antes de que la alarma sonara, así que se estiraba en la cama, aferrándose a la almohada un poco, y cuando la alarma sonaba, ella saltaba de la cama sin dudar.
Fe siempre estaba llena de fe. Tenía fe cuando salía a trotar al parque cerca de su departamento, cuando tomaba su bicicleta para llegar a la oficina, y cuando sabía que tendría que pasarse todo el día frente al computador, cuadrando finanzas infinitas.
Pero no tenía fe en la paz mundial, o en que la pobreza se acabara, o en que todos fueran felices y se acabara la injusticia. Ella creía en las cosas pequeñas, como sus tulipanes que ya iban a florecer, o su gato Menta, o la luna. Fe vivía de las cosas pequeñas, porque para ella esos regalos de la vida valían más que cualquier cosa.
Y cuando volvía a casa por la noche, y comía lechuga con limón y sal mientras veía una película -a veces también llamaba a su mejor amiga Silvia, o a Julián- sabía que era feliz, que su nombre fatídico no la había convertido en una maldita ironía de la vida, como tantas Dolores o Victorias que a veces veía sollozando en la calle, o aferradas a los asideros de la micro o el metro.

jueves, 27 de octubre de 2011

Él (hambre)

Escuchaba la misma canción horas y horas hasta que ya no se daba cuenta, mientras aporreaba el teclado a toda velocidad y sus dedos saltaban de la A a la N, un espacio, a la A a la P a la I, absolutamente frenéticos, ansiosos por dejar salir eso que estaba tan tomado en las falanges y las uñas, eso que apretaba a los carpianos y atravesaba el nervio ulnar y subía, subía, porque venía de mucho más arriba y también de mucho más adentro, tal vez los plexos paravertebrales, o allá debajo del cerebelo. Y las teclas lo sufrían, pero a ellas no les importaba mucho, estaban ya acostumbradas a esos accesos de ira o tristeza que las mantenían trabajando veinticuatro-por-siete, con pequeños intervalos en que él se fumaba un cigarrillo mirando la ciudad desde su balcón, y en ese caso las manos pasaban por el pelo y el sentimiento bajaba hasta el diafragma y a veces se quedaba en los pulmones, en especial en los días de invierno, cuando a todo eso se sumaba una bronquitis interminable que las bufandas largas no podían detener.


miércoles, 26 de octubre de 2011

"Quizás después de todo no seamos irrompibles".
La frase no era suya, pero en aquel minuto expresaba algo que ella ya había pensado cientos de veces, mientras se daba vueltas en su cama durante las noches de insomnio. Y es que no. No eran irrompibles.
Se acordó de esas muñecas de papel que alguien le hizo una vez, todas tomadas de la mano, y que terminaron plegadas y perdidas para siempre en algún cuaderno demasiado antiguo; de esa flor de vidrio que le regalaron para su cumpleaños y se quebró durante el terremoto; de la loza de la cocina que se desprendió de la pared y permaneció intacta en el suelo; de las cortinas que de la nada aparecieron rasgadas una mañana. Las cosas que ella imaginaba inquebrantables se habían trizado y acabado en pedazos, y esas que parecían tener los días contados habían, inesperadamente, perdurado. Así que...
Trató de concentrarse, pero su mirada se perdió por la ventana, sin encontrar ninguna solución para su caos mental.
En el fondo, sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía hace horas, hace días, hace meses, pero era una cobarde y tenía miedo del futuro. Quizás, solo quizás, era tiempo de aprender a vivir y empezar a ser valiente.
Porque ellas no eran irrompibles, nunca lo habían sido, y ni el vértigo ni esa molestia en el pecho podían engañarla para que se convenciera de lo contrario. Tenía que... dar un paso atrás. Tenía que...


Y eso era lo peor de todo. Que, tarde o temprano, tenía que hacerlo.

martes, 25 de octubre de 2011

Un crimen perfecto

Esa vez Amanda miró fijamente el reflejo en el espejo, como hacía todas las noches, recorriendo con ojo clínico las marcas que encontraba: unas líneas en la frente, la marca de nacimiento a un costado de la nariz, la cicatriz de una caída cuando era niña, un par de arrugas incipientes. Tomó los polvos blancos y, con suma prolijidad, fue borrando cada huella, cada pista de su identidad, hasta que María quedó olvidada en las paredes de la habitación.
Esa era su pequeña venganza, su atentado diario contra la aburrida mujer de vestidos largos y floreados que nunca se echaba crema en las manos. Y ahora podía inventar a otra, poniendo capas de maquillaje cual pintor que intenta captar la luz del crepúsculo en su bastidor.
Cuando terminó, estaba radiante. Se miró un par de veces más, comprobando la perfección de su trabajo, sabiendo que ahora podía ser Camila o Valentina o Fernanda, pero sobre todo Amanda. Tomó el ajado uniforme que jamás se había puesto, y dejó una nota pegada en el refrigerador, para que Alberto, su marido, supiera que iba a estar haciendo el turno de noche en la farmacia y después no llegara contándole que había visto a alguien igualita igualita a ella, pero al mismo tiempo tan distinta que obviamente tenía que ser otra, porque 'María, tú nunca te pintas, te verías tan bonita', y entonces 'no mi amor, tú sabes que me gusta lo natural' y 'bueno, en todo caso era una mujer de mala muerte', 'querrás decir una puta', conversación que invariablemente terminaba en otra conversación aún más predecible sobre las pésimas notas de Marisol en el colegio o el último desastre de Cristóbal, o la vecina que escuchaba la música tan fuerte, y los niños llorando de fondo.
La verdad es que a veces no era tan malo vivir bajo la piel de María durante el día, y hasta le daba un poco de lástima, porque la ingenua no tenía idea de que Amanda era buenísima en su trabajo, y los clientes pagaban tan bien, que en un par de semanas tendría el dinero para hacerla desaparecer. Pronto, María no sería más que una mala anécdota, y nunca más habría Alberto, ni conversaciones sobre el colegio, ni esas manos sin crema, y mucho menos la pobreza y esos cinco hijos que nunca, nunca paraban de llorar.

Puedes escribir y escribir, acumular montones de letras sobre todo lo imaginable: arcoiris, nubes, charcos de agua, enchufes, refrigeradores. Puedes ser como un cuento de Borges, y escribir un libro de cientos de volúmenes sobre cada cosa del universo.
Pero se puede escribir el Aleph? Se puede realmente alcanzar esa cosa que está pegada ahí (ahí en las paredes, ahí en las ventanas), y que Bruno jamás pudo entender? Se puede rasguñar el espejo con palabras?
Yo no sé, apenas voy por la orilla, mirando con un poco de miedo las olas a la distancia. Pero puede ser que la vida sea finalmente innombrable, que las palabras, no importa lo bonitas que suenen, no puedan ser, y haya que conformarse con una imitación, con la imagen distorsionada del espejo un poco trizado...

lunes, 24 de octubre de 2011

Abrió el libro, sonriendo al percibir uno de sus olores favoritos, y se acomodó en el mullido sillón. Afuera, la niebla hacía imposible distinguir algo más allá de la casa vecina, pero eso solo consiguió aumentar su sensación de felicidad.
Era un día perfecto, se dijo mientras ceñía su chal.
Entonces, un sobre se deslizó de las páginas del libro, con las palabras 'Para ti' inscritas en tinta azul. Lo abrió, intrigada, sacando una esquela pequeñísima, con unas pocas palabras escritas también en tinta azul.
Sobre, esquela y libro cayeron silenciosamente en la alfombra. La niebla que tan feliz la había hecho hace segundos empezó a apoderarse de su mente, y luego de sus pulmones, de su corazón, de sus brazos y de sus piernas. Todo tan blanco, todo tan frío... Hasta que ella entera era niebla.

El chal quedó hecho un montón arrugado sobre el sillón. Las llamas en la chimenea se fueron apagando, hasta convertirse en miserables chispas rojas sobre las cenizas. La niebla empezó a disiparse para dar paso a un tímido sol que se asomaba entre las nubes.
Era un buen día. Era un día perfecto.

Olvido

El tiempo la aplastaba con todo su peso. El tic-tac del reloj colgado en la pared llegaba a sus oídos como si el sonido estuviera saliendo de un parlante. El calendario y sus hojas arrugadas se agitaban con la brisa helada, en un mudo reproche.
El tiempo.
El tiempo pasaba.
Y ella seguía ahí, aferrada a sus propias piernas, la mirada atada al teléfono gris.
Sin respirar, descolgó el auricular y lo acercó a su oído izquierdo, el bueno. Marcó un 6, un 7, un 2... Se mordió el labio inferior, nerviosa. Cortó y volvió a marcar. 6, 7, 2, 4... No, era un 3. Cortó y volvió a marcar, la mano derecha temblando ligeramente. Pero no podía. No podía seguir.
Se le había olvidado.
Tanto tiempo ahí, luchando con su orgullo y su miedo, que había olvidado la única secuencia de números que podía salvarla.
Esta vez todo su cuerpo tembló, y aferrarse a sus piernas no la hizo sentir mejor. Ni un poco. Porque si no podía acordarse, tendría que quedarse allí, atrapada, sola... para siempre.
Y todo por el orgullo.
Por el tiempo.
Y los números.

Así que quemó el calendario. Rompió el reloj en cientos de pedacitos que se quedaron en el suelo helado. Hizo desaparecer el teléfono. Y nunca más tuvo que acordarse; ni del tiempo, ni del recuerdo, ni de ella misma. Nunca más se sintió aplastada.

Hasta se le olvidó cómo era sentir.

domingo, 21 de agosto de 2011

Fragmento

You're an exception to the rule. Southern girl, could you want me?
El canturreo, suave y bajo, recorrió toda la casa. Pasó bajo la puerta, subió las escaleras, rozó las grietas de las paredes. Junto a él, el halo de luz que iba filtrándose por las cortinas rasgó por un segundo el imponente silencio que se había apoderado hace años de esa casa. Pero solo por un segundo.
Alguien, tal vez nada más que una sombra en la pared, se movía por la habitación. Sus movimientos eran sutiles, como un gato que acosa silenciosamente a su presa, pero con un descuido del que un gato jamás hubiera sido capaz.
So come outside and walk with me. You're all I ever wanted.
La antigua madera emitió un leve quejido. Tal vez no todo estaba muerto allí.
El pelo suelto, muy largo. Probablemente castaño. Ropas extrañas, sin un diseño definido, como si hubieran sido formadas por la unión de restos de muchas prendas distintas. Cicatrices en el rostro. Un bolso de cuero en el rincón.
Se movía, la dueña de la sombra. Sin hacer ruido, se movía al ritmo de una música que no provenía de ninguna parte más que su propia cabeza. Bruscamente, se detuvo. 
-Quince días.
Su voz, sin pedir permiso, retumbó por las paredes, empujó las puertas y derrumbó el silencio. En respuesta, la madera crujió más fuerte desde algún lugar.
-Eres interesante. Nunca había conocido aquí a alguien tan paciente. 
Su acento era extraño, una mezcla de los acentos de muchos lugares.
Silencio. Detrás de ella, una cortina se agitó, y por un instante, la luz llenó todo el lugar, los sillones, las lámparas, y los ventanales.
-Tú también.... eres interesante.
El joven, ahora sentado en el suelo, había saltado desde su escondite en las vigas del techo. Todo en él reflejaba excitación e interés. 
-¿Siempre supiste que estaba ahí? 
-Te oí.
-Eres la primera en descubrirme en una década -replicó él, aunque en realidad su voz no denotaba sorpresa-. Esta casa no es tuya. ¿De dónde eres?
-De aquí, de allá...
-Eres una gitana -concluyó el hombre con una sonrisa-. O algo mejor.
Ella por fin lo miró. Lo observó desde el pelo negro y rizado hasta los zapatos, pasando por su mirada penetrante, su sonrisa casi ingenua, sus músculos en tensión. Sin mediar otra palabra, tomó su bolso y un atado de libros, y mientras caminaba hacia la salida, comenzó a cantar otra vez, en voz baja pero audible.
We'll try each other on to see if we fit. We can do anything that turns you on and sets you free.
El joven tardó en reaccionar. Se sentía un tanto... deslumbrado.
-¿Adónde vas?
La canción terminó. La chica se encogió de hombros.
-Nunca lo sé. ¿Irás conmigo?
Él sonrió. Y supo que ya lo había decidido antes de que ella preguntara, que al fin y al cabo, era inevitable.
-Pero solo si me dices tu nombre.