miércoles, 26 de octubre de 2011

"Quizás después de todo no seamos irrompibles".
La frase no era suya, pero en aquel minuto expresaba algo que ella ya había pensado cientos de veces, mientras se daba vueltas en su cama durante las noches de insomnio. Y es que no. No eran irrompibles.
Se acordó de esas muñecas de papel que alguien le hizo una vez, todas tomadas de la mano, y que terminaron plegadas y perdidas para siempre en algún cuaderno demasiado antiguo; de esa flor de vidrio que le regalaron para su cumpleaños y se quebró durante el terremoto; de la loza de la cocina que se desprendió de la pared y permaneció intacta en el suelo; de las cortinas que de la nada aparecieron rasgadas una mañana. Las cosas que ella imaginaba inquebrantables se habían trizado y acabado en pedazos, y esas que parecían tener los días contados habían, inesperadamente, perdurado. Así que...
Trató de concentrarse, pero su mirada se perdió por la ventana, sin encontrar ninguna solución para su caos mental.
En el fondo, sabía lo que tenía que hacer. Lo sabía hace horas, hace días, hace meses, pero era una cobarde y tenía miedo del futuro. Quizás, solo quizás, era tiempo de aprender a vivir y empezar a ser valiente.
Porque ellas no eran irrompibles, nunca lo habían sido, y ni el vértigo ni esa molestia en el pecho podían engañarla para que se convenciera de lo contrario. Tenía que... dar un paso atrás. Tenía que...


Y eso era lo peor de todo. Que, tarde o temprano, tenía que hacerlo.

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