martes, 30 de abril de 2013

La señora Saturnina no sabe muy bien qué pasa. Vagamente logra intuir que ciertas cosas no andan bien, que las plantas se ven mustias sin importar que les cante o les remueva la tierra, el gato ya no maúlla fuera de su puerta para que lo alimente, y el cartero abandona la correspondencia sin quedarse a comentar lo caro del pan o los males del gobierno.
A veces, espiando tras los visillos a uno de los tantos grupos de muchachos que por estos días corre entre gritos y humo, Saturnina se pregunta si el problema no será ella, si no estará haciendo algo mal que tenga al mundo así, tan como ofendido y lejano. Pero por más que piensa y piensa, aunque estudie detenidamente los vidrios trizados de la casas vecinas, las hojas de té, y los graffitis que proliferan en el barrio, no consigue situar la causa en ninguna parte. Y entonces no queda más que prepararse un mate y sentarse a ver televisión, porque seguro que desde ese lado saben todo lo que ella no.


Era uno de esos días muy malos, de esos en que la tostada se cae al suelo y uno se da cuenta demasiado tarde de que no hay café para la once. Trató de arreglarlo todo lo que pudo, recomponerlo con orden y limpieza, escuchar canciones bonitas y hasta sonreír, pero cuando encendió el fósforo y en vez de prender la cocina se quedó mirándolo, temblando con la llama ante los ojos, las cosas se le derrumbaron irremediablemente, y acabó llorando debajo del sonido de la aspiradora.
Al final se metió a la cama y se tapó todo lo que pudo, por si se ahogaba mientras dormía o los fantasmas también decidían atacarla.
Un día te compré un lápiz porque quería que me recordaras. Nunca te dije que yo me compré el otro, el que venía en blanco y negro, porque pensé que de lápiz a hilo rojo la distancia no podía ser insalvable.
Pero como siempre en estas cosas, me equivoqué; los lápices no eran muy buenos. El mío comenzó a fallar en los momentos más necesarios, y sin que yo me diera cuenta, acabó perdido en alguno de los cientos de rincones polvorientos que constantemente han poblado mi vida.
Con lo nuestro fue lo mismo: el trajín de los días y los atardeceres, el polvo, y de pronto nosotros tan perdidos, que cuando intentamos quitarnos el tiempo de encima, ya no había vuelta atrás.

lunes, 29 de abril de 2013

Siempre he estado esperando una respuesta de cierto tipo de personas, pero ellas responden de otras maneras, con otros tonos.
Sé que tú podrías habérmela dado.
Pero a ti no te pregunté.

martes, 2 de abril de 2013

Por las mañanas

Lo habitual es arrastrarse hasta la ducha sin siquiera abrir los ojos; al fin y al cabo, no lo necesita. Sus dedos ágiles y delgados realizan los movimientos de rutina, y pronto un chorro de agua caliente le golpea la cara sin compasión. Poco a poco, allí en medio del vapor, algo se le va desatando en el centro del pecho, algo que lentamente se transforma en lágrimas, sollozos, y unos minutos después en gritos, puñetazos contra la pared, espasmos sacudiéndolo todo mientras el agua cae y lo inunda, le enrojece las rodillas y le quema la punta de los pies.
Eventualmente, ya no queda más jabón ni champú que sirvan de excusa, y con otro movimiento el agua se detiene. Se queda unos segundos más ahí, ya eliminados los restos del llanto, oyendo el repiqueteo de las gotas contra la superficie de la bañera. Pronto lo recorre un escalofrío. Y solo en ese momento abre los ojos. 
Entonces toma la toalla, se seca concienzudamente el cuerpo, le sonríe al espejo, y le grita a su hermana que ya es tarde, que ya es tiempo de levantarse.

viernes, 29 de marzo de 2013

Táctica, estrategia

Con la táctica todo iba muy bien. Pero el fallo ha venido siempre en el momento definitivo, cuando de pronto nace un abismo en el que no se vislumbra ni un solo gramo de necesidad.

martes, 26 de marzo de 2013

Le dijo que si se quedaba allí todo iba a estar bien, que no tuviera miedo.
Pero no estuvo bien que él comenzara a llegar borracho por las noches. Tampoco la primera vez que le pegó, ni ninguna de las siguientes.
En realidad, nada estuvo bien en su vida desde el día en que cumplió siete años, cuando él se le acercó, y hablándole muy bajito, puso una mano fría entre sus piernas. 

lunes, 11 de febrero de 2013

Y quizás por eso

Lo miró largamente. Sus ojos expresaban el cariño de todos aquellos años repletos de historias y experiencias compartidas. Habían estado juntos desde que podían recordar, en los momentos más triviales y los más absurdos, y parecía natural que eso se prolongara por tanto tiempo como fuera posible. A esas alturas, ya no podían vivir el uno sin el otro.
-Eres un hijo de puta -escupió entonces ella, un día cualquiera.
-Lo sé -se escuchó como única respuesta. 
Alguien cerró la puerta. Ni siquiera se dieron la molestia de gritar, exigir explicaciones o dar portazos. Nadie lloró. Nadie pidió otra oportunidad. 

No se vieron más. Y la verdad es que pudieron vivir, a pesar de todo. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Cuestión de reciprocidad

Creyó que si se marchaba sin avisar ni dar explicaciones, él la echaría de menos. Por fin entendería cómo era vivir desde su lado, el de los espacios vacíos y fríos en la cama, el de las palabras que se quedan sin respuestas en el teléfono, el de nunca, nunca respirar hondo.
Así que se marchó, llevando cada una de las cosas que le pertenecían en aquella casa de la avenida Grecia, sin dejar ninguna señal que sirviera de explicación, ni el menor rastro que pudiera usarse para encontrarla después.

Él tardó seis meses en regresar, cuatro meses en comprender que ella lo había dejado, y otros dos en decidirse a hacer algo al respecto. Quince días más tarde, estaba de pie frente a la tercera puerta del sexto piso, en un edificio en el centro de la ciudad, que se abrió antes de que consiguiera reunir el valor suficiente para presionar el timbre.
Sus ojos se encontraron de golpe. Un pesado silencio los retuvo a ambos allí, junto al umbral.
-Penélope -pudo susurrar al fin-. He vuelto.
Ella parpadeó como si solo entonces hubiera despertado. Sin palabras desapareció al interior del departamento y regresó con una bolsa blanca. Se la tendió con una media sonrisa.
-Ten. Supongo que lo tejí para ti.
Le dedicó unos segundos más, solo por si acaso, pero hace tiempo que ella había dejado de esperar. No había mucho más que decir, así que se encogió de hombros y, con un gesto de despedida, cerró la puerta.
Ulises consideró volver a tocar el timbre, y decirle la verdad; que estaba enamorado de ella, que la necesitaba, que simplemente se había dado cuenta demasiado tarde. Y entonces vio el papel escrito a mano ahí, adherido al plástico blanco.

Acabo de recibir una oferta de trabajo en Italia. Acepté. Quizás un día vuelva. Si quieres esperar, en la bolsa hay palillos y lana. Dicen que hay buenos tutoriales en youtube. 
Cariños

Penélope. 

domingo, 20 de enero de 2013


Lo que ocurre es que pensé que iba a escribir un poco de verdad, y en cambio solo obtuve estrellas de colores derramadas en mi hoja en blanco.
Cuando dijeron "economía del lenguaje", no se referían a esto.

martes, 18 de diciembre de 2012

Ritual

Sus caminos se cruzaban todas las mañanas a las 8.10, justo al lado del carrito de completos. Se sonreían de lejos, tratando de disimular las ojeras y el frío que les golpeaba las mejillas, y se daban un abrazo que siempre duraba cuatro misisipis. Cada uno cerraba los ojos y respiraba muy hondo.
Entonces se separaban, se deseaban un muy buen día, y seguía cada uno por su camino a clases.
Arrancó la hoja una vez más. La dobló y la rompió enérgicamente en cuatro partes. Volvió a poner otra en la máquina de escribir. Intentó comenzar la frase de otra manera.
Fue inútil.
"Te quiero", tecleó al final, antes de rendirse.