martes, 2 de abril de 2013

Por las mañanas

Lo habitual es arrastrarse hasta la ducha sin siquiera abrir los ojos; al fin y al cabo, no lo necesita. Sus dedos ágiles y delgados realizan los movimientos de rutina, y pronto un chorro de agua caliente le golpea la cara sin compasión. Poco a poco, allí en medio del vapor, algo se le va desatando en el centro del pecho, algo que lentamente se transforma en lágrimas, sollozos, y unos minutos después en gritos, puñetazos contra la pared, espasmos sacudiéndolo todo mientras el agua cae y lo inunda, le enrojece las rodillas y le quema la punta de los pies.
Eventualmente, ya no queda más jabón ni champú que sirvan de excusa, y con otro movimiento el agua se detiene. Se queda unos segundos más ahí, ya eliminados los restos del llanto, oyendo el repiqueteo de las gotas contra la superficie de la bañera. Pronto lo recorre un escalofrío. Y solo en ese momento abre los ojos. 
Entonces toma la toalla, se seca concienzudamente el cuerpo, le sonríe al espejo, y le grita a su hermana que ya es tarde, que ya es tiempo de levantarse.

viernes, 29 de marzo de 2013

Táctica, estrategia

Con la táctica todo iba muy bien. Pero el fallo ha venido siempre en el momento definitivo, cuando de pronto nace un abismo en el que no se vislumbra ni un solo gramo de necesidad.

martes, 26 de marzo de 2013

Le dijo que si se quedaba allí todo iba a estar bien, que no tuviera miedo.
Pero no estuvo bien que él comenzara a llegar borracho por las noches. Tampoco la primera vez que le pegó, ni ninguna de las siguientes.
En realidad, nada estuvo bien en su vida desde el día en que cumplió siete años, cuando él se le acercó, y hablándole muy bajito, puso una mano fría entre sus piernas. 

lunes, 11 de febrero de 2013

Y quizás por eso

Lo miró largamente. Sus ojos expresaban el cariño de todos aquellos años repletos de historias y experiencias compartidas. Habían estado juntos desde que podían recordar, en los momentos más triviales y los más absurdos, y parecía natural que eso se prolongara por tanto tiempo como fuera posible. A esas alturas, ya no podían vivir el uno sin el otro.
-Eres un hijo de puta -escupió entonces ella, un día cualquiera.
-Lo sé -se escuchó como única respuesta. 
Alguien cerró la puerta. Ni siquiera se dieron la molestia de gritar, exigir explicaciones o dar portazos. Nadie lloró. Nadie pidió otra oportunidad. 

No se vieron más. Y la verdad es que pudieron vivir, a pesar de todo. 

domingo, 3 de febrero de 2013

Cuestión de reciprocidad

Creyó que si se marchaba sin avisar ni dar explicaciones, él la echaría de menos. Por fin entendería cómo era vivir desde su lado, el de los espacios vacíos y fríos en la cama, el de las palabras que se quedan sin respuestas en el teléfono, el de nunca, nunca respirar hondo.
Así que se marchó, llevando cada una de las cosas que le pertenecían en aquella casa de la avenida Grecia, sin dejar ninguna señal que sirviera de explicación, ni el menor rastro que pudiera usarse para encontrarla después.

Él tardó seis meses en regresar, cuatro meses en comprender que ella lo había dejado, y otros dos en decidirse a hacer algo al respecto. Quince días más tarde, estaba de pie frente a la tercera puerta del sexto piso, en un edificio en el centro de la ciudad, que se abrió antes de que consiguiera reunir el valor suficiente para presionar el timbre.
Sus ojos se encontraron de golpe. Un pesado silencio los retuvo a ambos allí, junto al umbral.
-Penélope -pudo susurrar al fin-. He vuelto.
Ella parpadeó como si solo entonces hubiera despertado. Sin palabras desapareció al interior del departamento y regresó con una bolsa blanca. Se la tendió con una media sonrisa.
-Ten. Supongo que lo tejí para ti.
Le dedicó unos segundos más, solo por si acaso, pero hace tiempo que ella había dejado de esperar. No había mucho más que decir, así que se encogió de hombros y, con un gesto de despedida, cerró la puerta.
Ulises consideró volver a tocar el timbre, y decirle la verdad; que estaba enamorado de ella, que la necesitaba, que simplemente se había dado cuenta demasiado tarde. Y entonces vio el papel escrito a mano ahí, adherido al plástico blanco.

Acabo de recibir una oferta de trabajo en Italia. Acepté. Quizás un día vuelva. Si quieres esperar, en la bolsa hay palillos y lana. Dicen que hay buenos tutoriales en youtube. 
Cariños

Penélope. 

domingo, 20 de enero de 2013


Lo que ocurre es que pensé que iba a escribir un poco de verdad, y en cambio solo obtuve estrellas de colores derramadas en mi hoja en blanco.
Cuando dijeron "economía del lenguaje", no se referían a esto.

martes, 18 de diciembre de 2012

Ritual

Sus caminos se cruzaban todas las mañanas a las 8.10, justo al lado del carrito de completos. Se sonreían de lejos, tratando de disimular las ojeras y el frío que les golpeaba las mejillas, y se daban un abrazo que siempre duraba cuatro misisipis. Cada uno cerraba los ojos y respiraba muy hondo.
Entonces se separaban, se deseaban un muy buen día, y seguía cada uno por su camino a clases.
Arrancó la hoja una vez más. La dobló y la rompió enérgicamente en cuatro partes. Volvió a poner otra en la máquina de escribir. Intentó comenzar la frase de otra manera.
Fue inútil.
"Te quiero", tecleó al final, antes de rendirse. 
A veces María Gracia alzaba la cabeza y silbaba. Era una melodía suave, que se repetía tres veces y se alargaba en la última nota. Entonces, si se acercaba lo suficiente a la pared, escuchaba otro silbido a modo de respuesta -el resto de la pieza musical-, muy bajito. El sonido le llegaba cada vez desde un lugar distinto, un poco más a la izquierda o a la derecha, más lejos o más cerca, pero en cualquier caso siempre desde el otro lado.
Ese momento significaba muchas cosas para María Gracia. Era el instante de la nostalgia y la añoranza, pero también significaba que el mundo aún existía allá afuera, que había que resistir a pesar de los años y el olvido. Entonces se decía que solo debía salvarse, que cuando él bajara los peldaños polvorientos y viniera a verla con su sonrisa falsa, simplemente tenía que obedecer, cerrar los ojos y asentir. No podía gritar. Tenía que morderse la lengua para no gritar si era necesario; clavarse las uñas en los brazos o en las palmas de las manos, pero como fuera, aunque le doliera en cada centímetro del cuerpo, las lágrimas se le escaparan, y la sangre cayera, esta vez no podía gritar.

Quiero dejar muy claro -dijo, sin mirarlo-, que no estoy aquí por la certeza o porque tu mensaje me haya llegado a tiempo. Vine por la forma en que tomaste mi mano. Porque pensé que podía significar algo, y no podía irme sin averiguarlo. 

domingo, 9 de septiembre de 2012

Por cuestiones topográficas, Santiago está obligado a levantarse con el pie izquierdo cada día. Nunca le ha dado muchas vueltas, convencido como está de que esa clase de detalles invisibles no puede repercutir en su vida de manera definitiva. Así que, como hubiera hecho cualquier otra mañana, se levanta con el pie izquierdo.
Va a ser un buen día, se dice, mientras observa sonriente el cielo despejado de su ventana en el décimo tercer piso. Entra en piloto automático al baño, e ignorando el espejo trizado, se mete a la ducha. Como siempre, el agua caliente se corta en la mitad, porque nadie se ha molestado en llamar al gásfiter, pero no le importa mucho. Incluso se queda más tiempo ahí, con el agua fría cayendo por su espalda. La verdad es que, quién sabe por qué, hoy tiene la inexplicable certeza de que las cosas saldrán justo como las ha planeado.
Quizás por eso se sorprende cuando su padre irrumpe en la cocina con expresión desencajada. Ese era su día libre, no había muchas razones para levantarse temprano. Lo observa en silencio, masticando concienzudamente las zucaritas con leche de su desayuno, y entonces su padre simplemente lo abraza. Lo abraza muy fuerte, y Santiago cree percibir algo como un sollozo saliendo de él, y también miedo. Pero es su padre, el hombre que no lloró ni siquiera cuando Gabriela lo abandonó a él y su hijo sin dar ninguna explicación; que no tuvo miedo ni siquiera cuando recibió amenazas de muerte después de algún negocio complicado.
-Estás... bien? -pregunta dubitativo.
El hombre aligera un poco la fuerza del abrazo, y finalmente se aleja. Se aclara la garganta, avergonzado, y asiente lentamente.
-Olvídalo... Creo que tuve un mal sueño. ¿Vuelves temprano?
-Supongo que sí.
Su padre asiente otra vez. Se queda unos segundos más allí, mirándolo de una manera distinta, como queriendo decirle algo, pero al final parece convencerse de que está haciendo el ridículo.
-Cuídate -murmura, al tiempo que vuelve a desaparecer dentro de su habitación. Santiago se queda perplejo, olvidándose de las zucaritas, de la hora, de todos sus planes para el día. Cuando vuelve en sí, está definitivamente retrasado, y termina atascado en un taco adentro de una micro muy llena.
Al bajarse, lo asalta la sensación de haber olvidado algo, pero no piensa en eso. Corre hasta llegar al punto de reunión, que por supuesto está vacío. Busca a los demás con la mirada, pero sabe que es prácticamente imposible encontrar a alguien en medio de esa multitud que abarrota las calles como nunca, gritando y saltando, desbordante de ira y alegría. Marca números insistentemente en su celular, pero nadie contesta. Así que se resigna, y empieza a avanzar por la Alameda, confundiéndose entre los miles que han salido esa mañana con ganas de cambiar alguna cosa. Y de cierta manera está bien así, los desconocidos se sienten menos desconocidos, y sigue siendo un buen día a pesar de todo. De hecho, la jornada resulta ser todo un éxito.
A las dos de la tarde la columna de gente aún parece interminable, y una banda toca en un escenario improvisado. Entonces sucede lo que todos sabían que eventualmente iba a ocurrir. Llegan ellos. Un ejército de ellos.
El caos es inmediato. La multitud se dispersa y se agolpa en todas direcciones, y el aire se llena de gritos, humo, agua y piedras, borrando de golpe toda la calma de las horas previas. Santiago también corre, tan rápido como puede, con los ojos llorosos como tantos otros. A lo lejos ve a algunos de sus amigos, pero no va hacia ellos porque sus instinto le dice que no podrá escapar por ahí. Finalmente logra salir del perímetro, y alcanza calles más pequeñas y menos transitadas. Es hora de ir a casa, decide.
Y ahí es cuando escucha los gritos. Se acerca lentamente, y de pronto se encuentra con la escena que todos conocen pero que de alguna manera siempre es un rumor. Tres hombres vestidos de uniforme golpean a un joven en un callejón, y logra distinguir un rostro familiar... un compañero de universidad, ese que siempre se sienta tras él. Se queda paralizado, sin saber si correr, gritar, buscar ayuda o si debería grabar el momento para cuando se necesiten pruebas. Ve sangre manchando el cemento, pero ni siquiera eso lo hace reaccionar.
-¿Qué estás mirando, hueón? -escucha, y solo entonces sus músculos responden. Y corre, corre todo lo que sus piernas le permiten correr. Por un momento cree que los ha dejado atrás. Pero entonces escucha el balazo, y luego otro, y otro. Y otro.
Hay un segundo en que el tiempo se detiene mientras su cuerpo cae al suelo. Entonces comprende todas las señales, la mirada de su padre, la sensación de haber olvidado algo, las repercusiones de levantarse cada día con el pie izquierdo, las casualidades que lo habían empujado a ese callejón a las 2.35 de la tarde. Comprende todo, y se da cuenta de que es un estúpido, porque ya no hay nada que pueda cambiar. Ve una silueta acercarse, pero simplemente ya no importa más.
Después de eso, nadie volvió a verlo. Apareció una semana después, el cuerpo convertido en un bulto abandonado al otro lado de la ciudad.

Dijeron que fue un robo.

lunes, 6 de agosto de 2012

El virus del miedo

Daniel vive su vida con miedo. En realidad siempre ha sido así, no hay momento en su memoria que no esté al menos levemente teñido del pánico que le quema todo el tiempo en la garganta, ni siquiera el más simple y vano de la breve colección.
Nunca le ha parecido tan grave, en todo caso. Uno aprende a vivir. La gente ahora tiene miedo hasta de darle la hora a un desconocido, así que el asunto no es como para sentirse muy especial ni comentárselo al médico en el control anual -claramente el médico sospecha, algo en su mirada hace que a veces Daniel se pregunte si no pertenecerán a la misma familia, si no compartirán ese grito nocturno que nadie más escucha.
Lamentablemente este miedo es de esos que crece como un tumor, en silencio y de la peor manera, de modo que cuando Daniel abre los ojos y descubre una mañana soleada, se siente un veterano de guerra, y hasta con ganas de escribir un testimonio de su vida para alentar a algún hermano lejano que ya crea desfallecer. Y es casi feliz durante años, el miedo es simplemente un reloj o un anillo que nunca se quita, nada más.
O eso, al menos, es lo que se repite a sí mismo cada vez antes de apagar la luz.

Una noche de Mayo, Daniel se encuentra tendido en la cama, con la vista clavada en el techo, sin moverse, expectante en medio de la oscuridad. Es presa del insomnio. El tic-tac del reloj despertador le retumba en los oídos, y poco a poco se va dando cuenta de que la quemazón a la que creía haberse acostumbrado es en realidad más intensa que nunca, que jamás ha tenido la menor intención de dejarlo.
No logra contener el escalofrío cuando descubre que ese sonido que al principio parece ser el viento azotando las copas de los árboles es realmente la respiración de los monstruos, que se va haciendo más clara y audible a medida que se acercan, y ahora que su propia respiración se acelera para captar algo del oxígeno que queda en su habitación invadida, recuerda el plan de contingencia que tiene preparado desde su más tierna juventud; porque una cosa es el miedo -ahora digamos terror- y otra cosa muy distinta es la derrota.
La pistola está ahí, en el fondo del cajón del velador. Daniel respira apenas, la toma temblando y se queda hipnotizado por el brillo del arma, perfectamente distinguible para sus ojos, pese a la oscuridad y las náuseas.
Entonces los escucha. Ellos lo han descubierto y enfurecidos, se abalanzan sobre él. Están hambrientos y no planean dejarlo escapar después de tantos años de espera.
Él se queda inmóvil todavía unos segundos más, tal vez con la secreta esperanza de un rescate que no planea llegar, y en el instante mismo en que los monstruos comienzan a devorarlo, aprieta el gatillo una, dos, tres y cuatro veces, hasta que la quemazón, la oscuridad y sobre todo ellos desaparecen para siempre de su existencia.
A partir de entonces el tiempo transcurre de otra manera, no está muy claro si el tiempo avanza o se congela o si los segundos duran una fracción de la eternidad. El instinto lo lleva a una habitación desconocida, en donde un hombre mira fijamente el techo en medio de la oscuridad. Naturalmente, también hay muchos otros allí dentro, ocultos entre las sombras. Todos esperan.
El hombre entonces, como si hubiera percibido la señal, empieza a respirar cada vez más rápido. Los segundos pasan y un arma aparece, brillando como si tuviera luz propia. La habitación está absolutamente abarrotada. Daniel salta por impulso justo cuando se oye el disparo, pero los demás llegan antes, obligándolo a empujar, a gritar. Grita mucho más fuerte cuando al fin llega. Cuando reconoce su rostro debajo de la sangre, cuando observa el arma y los monstruos reaparecen triunfantes a su alrededor, listos para reclamar el trofeo y alimentarse al fin.